La vida de Eugenio de Santa Cruz y Espejo, primer periodista ecuatoriano, estuvo ligada a Riobamba. Y precisamente, dos de sus obras, han inmortalizado a la ciudad. “Representación de los curas de Riobamba” y “Cartas Riobambenses” demuestran por una parte la preocupación de Espejo por la situación de la Real Audiencia, y también la ironía que lo caracterizaba. Ambas staban relacionadas estrechamente y tenían como hilo conductor la enemistad con dos personajes de la villa: Ignacio Barreto y José Miguel Vallejo.


Cuando los curas de Riobamba le pidieron escribir la réplica legal a un informe cuestionador presentado por Barreto, Espejo sintió que la hora de tomar revancha había llegado.
El “Duende”, como le gustaba llamarse a sí mismo, estaba convencido que el verdadero autor del informe era José Miguel Vallejo, a quien repudiaba por haberlo acusado.
Espejo no podía olvidar el episodio de su detención en 1783, cuando trató de eludir la orden de prestar servicio como médico en una expedición hacia las selvas orientales. Espejo trató de huir al refugiarse en Riobamba, en casa de Vallejo, a quien consideraba su amigo. Sin embargo, fue él quien lo denunció ante las autoridades.

Representación de los curas de Riobamba

Ignacio Barreto se desempeñaba como alcalde ordinario y jefe recaudador de impuesto de la Corona española, y a través de un informe presentado a la Real Audiencia de Quito, acusó al clero de Riobamba de explotar a los indios. Las denuncias se englobaban en cinco puntos básicamente, según el análisis de Philip L. Astuto, autor de la recopilación de las obras de Espejo. Éstos eran:
1. Muchas fiestas religiosas eran perjudiciales a la religión católica.
2. Los sacerdotes exigían dinero a los indios para entrar en la iglesia y para ciertas oraciones.
3. Los sacerdotes de Riobamba eran indecorosos.
4. En días festivos se celebraba la misa con un sermón incomprensible para los indios, pero aceptado por éstos pues indicaba una celebración adecuada de la fiesta.
5. Las numerosas fiestas observadas por los indios iban en detrimento de la agricultura, de la industria y de los intereses de la Corona (Obras completas de Eugenio de Santa Cruz y Espejo, Philip Astuto, Casa de la Cultura de Ecuador, 2008).
Las acusaciones eran sumamente graves, y por lo tanto, los curas no podían quedarse callados, pues eso hubiera significado aceptación de los cargos. Por eso, acudieron a Espejo, quien nuevamente se encontraba en Riobamba, en el año 1786. Como se ha dicho, Espejo aceptó el encargo, para desenmascarar a sus enemigos, pero también para presentar el estado de descomposición de la Real Audiencia y la explotación del indio.
El precursor de la Independencia optó por desprestigiar moralmente a Barreto y a Vallejo –presunto autor del informe- como su estrategia, siempre usando el sarcasmo y la ironía. Así nació “La representación de los curas de Riobamba”, en el cual, acusaba a Barreto de excederse en la recaudación de impuestos, de extorsión y de robo, además de haber malgastado los fondos públicos con “mujeres licenciosas” (Astuto, Philip). Espejo nombró a dos mujeres casadas que habían sido deshonradas por Barreto: Micaela Cosío y María Chiriboga y Villavicencio.

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